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viernes, 30 de marzo de 2012

DIÁLOGOS PARA TRONCHARSE

CINEFILIAS

DIÁLOGOS PARA TRONCHARSE
JUEGOS DE PALABRAS, RÉPLICAS, SITUACIONES ABSURDAS, DIÁLOGOS DE BESUGOS… ¿QUIÉN NO RECUERDA UNA PELÍCULA QUE ESTÉ LLENA DE TALES DISPARATES? A ELLAS LES RENDIMOS HOMENAJE. NO TODO EN LA VIDA ES AMARGO, Y HAY GUIONISTAS Y DIRECTORES QUE SE ESPECIALIZARON EN ALEGRARNOS LA VIDA CON ENTRAÑABLES SANDECES.

El humor es una cosa muy seria, y lo divertido no es lo contrario de lo serio, sino de lo aburrido. Así debía ser el parecer de genios como Mel Brooks, Billy Wilder o Blake Edwards, que ya hace tiempo nos enseñaron que el humor no consistía en chistes gruesos. Veamos algunos ejemplos de sutilezas.


IDAS DE OLLA.
Por ejemplo, “Un cadáver a los postres” (Robert Moore, con guión de Neil Simon, 1976), que reunió a un elenco de lujo: Peter Falk, el entrañable Colombo; David Niven ("55 días en Pekín", "Muerte en el Nilo"); Alec Guinness (“El puente sobre el río Kwai”); Maggie Smith ("Hook", "Una habitación con vistas", "Downtown Abbey"); Eileen Brenan ("El golpe"); James Coco y el inefable Peter Sellers ("Telefono rojo", "Lolita" o la saga "La pantera rosa"), que vuelve a dar señas de que es Mortadelo sacado de las páginas del cómic y convertido en ser de carne y hueso -¡de dónde saca esos disfraces!-. ¡Ah!, y una aparición estelar de Truman Capote, haciendo buena su sentencia “Soy escritor, soy homosexual, soy drogadicto, soy un genio”, con un personaje que, de verdad, no tiene abuela.
El escritor de novelas policíacas Lionel Twain, interpretado -¡cómo no!- por Capote reúne en su casa a un conjunto de detectives que no son sino una parodia de los detectives de las novelas: desde Mrs. Marple a Hércules Poirot pasando por Sam Spade. En el siguiente diálogo, veremos una genial ida de olla interpretada por Alec Guinness (mayordomo), David Niven (uno de los detectives) y Maggie Smith (esposa del detective):
Mayordomo: Últimamente teníamos pocos invitados. Me alegro de que esto vuelva a animarse.
Esposa: Gracias… ¿Usted es?
Mayordomo: Bensom Señora.
Esposa: Gracias, Bensom.
Mayordomo: No, no, Bensom Señora. Me llamo Bensom Señora.
Detective: ¿Bensom Señora?
Mayordomo: Sí, señor. James Señor Bensom Señora.
Detective: ¿James Señor Bensom Señora?
Mayordomo: Sí, señor.
Detective: Qué raro…
Mayordomo: Era mi padre.
Detective: ¿Cómo se llamaba su padre?
Mayordomo: Qué Raro Bensom Señora…
La escena acaba con un estallido, cortés pero estallido, de la pobre Maggie Smith. Normal, ¿no les parece?
AFINANDO LA CRÍTICA.
Y si hablamos de idas de olla, no podemos dejarnos de lado a los Monty Python. “Los Caballeros de la Tabla Cuadrada” o “La vida de Brian” son dos clásicos que, en el caso de la segunda, casi garantizan el infarto del papa de turno en el momento en que se estrenó. Los católicos del sector más duro se echaron las manos a la cabeza… ¡y eso que no se trataba de Jesús, sino de alguien tomado por un profeta en la época de Jesús! Momentos memorables de este filme, a punta pala: Pijus Magnificus y su amigo; el diálogo entre Brian y el centurión romano con motivo de la pintada “Romanos marchaos a casa” mal escrita en latín; la caída de Brian en la cueva donde estaba el anacoreta que rompe, por fuerza, su silencio; los disidentes de los varios Frentes de Liberación de Judea; cómo ser mujer sin tener matriz (y no morir en el intento); la alocada persecución de Brian, sin saber si ha de hacerse siguiendo a la calabaza o a la sandalia…
De “Los caballeros…” nos quedamos, modestamente, con dos momentos cumbres: el diálogo entre Arturo, rey de los bretones (después de hacer su “triunfal” entrada sobre un caballito de juguete con un criado tocando unos cocos para hacer el sonido de los cascos del caballo) y aquel al que le pregunta por el camino de Camelot: esa discusión sobre dónde reside “el supremo poder ejecutivo”, tan fuera de lugar en la Edad Media, y la “violencia inherente al sistema” a consecuencia de los empellones que le da el rey Arturo, harto ya de la perorata de su contertulio… impresionante.
El segundo, por absurdo, merece entrar en los anales: el entusiasmo de Arturo y sus compañeros, pronunciando “Camelot”, a cada cual más emocionado al ver el castillo tan añorado, contrasta como un jarro de agua fría con el exhibido por un cuarto, criado y guía, que dice escépticamente “Es una maqueta”. Muy fino.


“AIGOR” Y EL DOCTOR “FRONCONSTIN”
Mel Brooks merece estar, por supuesto, en esta sección por méritos propios y por una película en especial, “El jovencito Frankenstein” (1974). No sólo por esa canción, “Ooooh, dulce misterio de la vidaaaa, al fin te he encontradoooo…” que cantan las dos despampanantes actrices (Terri Garr y Madeleine Khan) en las escenas del “acto”, disparatada hasta más no poder. Los personajes de Igor (Marty Feldman) y del doctor Frankenstein (Gene Wilder), por no mencionar el de la señora Blucher (Cloris Leachman), cuyo nombre hacía relinchar a los caballos cada vez que era pronunciado, se enzarzan en un diálogo de besugos por un “me llamo doctor Fronconstin”, “¡Ah!, ¿no es Frankenstein?”, “No, es Fronconstin”, “¿Entonces se llama Frodoric Fronkonstin?” “No, me llamo Frederic Fronconstin… Y usted debe de ser Igor”, “¡No, es Aigor!”, “Pues a mí me dijeron que era Igor”... Nada es lo que parece, pues. Ni siquiera el monstruo es un monstruo…bueno, sí, en la cama se demuestra que sí (“Ooooh, dulce misterio de la vidaaa…)”

BERLANGUISMOS
Y si hemos iniciado este repaso humorístico con un elenco excepcional, no podemos irnos sin acudir a un maestro como Luis García Berlanga y al que reunió en “La escopeta nacional” o “Patrimonio nacional”: Luis Escobar, Amparo Soler Leal, José Sazatornil “Saza”, José Luis López Vázquez, Luis Ciges, Mari Santpere o Agustín González son sólo algunos de los que aparecen en estas obras maestras del disparate con sabor “Made in Spain”: el aristócrata monárquico alfonsino exiliado del régimen de Franco… en una finca a cuarenta kilómetros de Madrid; poseedor además de un uniforme carlista, porque se metió en el Requeté “para jugar al fútbol y poder fumar”; coleccionista de vellos púbicos femeninos (¡esa expresión de “Saza” sorprendido: “pero si son pelos de coooño” al ver los frascos donde los tiene guardados, etiquetados con fecha y propietaria!); el hijo salido y deseoso de heredar “el marquesado, la baronía de Valencia o las pollas en vinagre” que no se muestra partidario de dar en vida este sui generis marqués de Leguineche… sí, es un humor algo más grueso, propio de finales de los setenta y principios de los ochenta, pero agudo, mordaz y crítico con esas decadentes familias venidas a menos que se unen y se separan por los “intereses creados”, que diría Benavente.

Disfruten del humor. No se toman otra cosa más en serio.


 

viernes, 20 de enero de 2012

CINEFILIAS: CON LA MÚSICA A OTRA PARTE

CON LA MÚSICA A OTRA PARTE



En más de una ocasión nos hemos encontrado con filmes de los que recordamos nítidamente su banda sonora, formando un conjunto perfecto (sea para bien o para mal) con la película o destrozándola hasta límites insospechados. ¿Qué sería de “Casablanca” sin “As time goes by”, de “El golpe” sin su fondo jazz-ragtime o de los filmes de Blake Edwards y Peter Sellers – la saga de “La pantera rosa” o la descacharrante “El guateque”- sin las bandas sonoras de Henry Mancini? Pero incidamos un poco y busquemos un poco más en la relación entre la música y el cine.

MÚSICOS EN EL CINE.
No es extraño encontrar “biopics” de músicos famosos han sido casi una constante en el cine. La atracción ejercida por parte de los más controvertidos y/o admirados artistas de la música popular sobre los directores ha dado lugar a interesantes muestras y a otras absolutamente prescindibles (¿era necesaria una TV movie sobre Isabel Pantoja, presunta choriza y vendedora de exclusivas en las mismas revistas a las que aborrece de lunes a jueves?). Centrándonos en las primeras (todo criterio es subjetivo) quizá “Ray” (Taylor Hackford, 2004), sobre la figura del genial músico Ray Charles sea una de las más destacadas.
El drama del despegue, auge y caída; la grandeza y miserias por las que atravesó un artista genial como pocos y los entresijos de una lucha para distinguir entre los leales de verdad y los apegados circunstanciales son descritas con escasos tapujos y una gran interpretación, en especial por su protagonista, Jamie Foxx, por cuyo papel recibió un Oscar al mejor actor.
Pero en otras ocasiones los músicos no son meros objetos de biografía, sino que se convierten en partícipes de la propia película, aunque no siempre con buena fortuna. Porque hay películas convertidas en mera acción de propaganda propia, como ocurrió con los dos que rodaron Hombres G y que no pasaran precisamente a la historia de la filmografía como hitos del celuloide, o ajena, caso del propagandismo del españolismo más absurdo, machista y estúpido que el régimen quería exportar como si fuera un motivo de orgullo, caso de los filmes de Manolo Escobar que, de vez en cuando, "Cine de Barrio" se empeña, inasequible al desaliento, en exhibir para espanto de las nuevas generaciones (excepto de unas "Nuevas Generaciones" muy particulares...).
Mención aparte –capítulo de rarezas– merecen las películas de los Beatles: “Help!”, “Magical Mistery Tour” o “Yellow Submarine” son, amén de un catálogo lisérgico/psicodélico de la época sesentera (que, sin duda alguna, fue anterior: mejor o peor, eso es algo que corresponde juzgar a ustedes, pero al menos colorida si fue) mezclada con el humor surrealista británico, un paseo por la nostalgia de canciones que han pasado de generación en generación (por lo menos, eso era hasta no hace demasiado tiempo, o quizá me voy haciendo demasiado mayor).
Otra rareza no menos sublime es la que corresponde, ya a finales de los setenta, a Dan Aykroid y John Belushi, o dicho de otro modo, a los Blues Brothers. “Granujas a todo ritmo” (John Landis, 1980) describe los milagros –nunca mejor dicho, tratándose de una “misión de Dios”– de Jake y Elwood, dos desastrosos y caraduras bluesmen de Chicago que ponen contra las cuerdas a un patoso conjunto de neonazis, policías y músicos de country con tal de salvar el orfanato en que se habían criado. Ray Charles, Cab Calloway, Aretha Franklin, James Brown, John Lee Hooker y la banda de los Blues Brothers completan el elenco musical de un filme movido y desternillante que acabó lanzando al estrellato a una pareja de personajes que habían surgido de un sketch del programa televisivo Saturday Night Live.
No menos curiosa y brillante es la película francesa “Swing” (Tony Gattlif, 2002) que protagonizan dos jóvenes actores (ella, Lou Rech y él Oscar Copp) cuya relación afectiva, en una región provinciana y clásica donde que una niña manouche (gitana) y un niño gadjo (payo) como ellos convivan resulta cuando menos extraño. Tanto por la emotividad que muestra en una relación tan inocente (ese primer amor…), en la narración de los horrores del exterminio de los gitanos llevado a cabo por los nazis en Francia (tan serenamente narrado por una abuela del campamento) o en el final del maestro de guitarra (el músico manouche Tchavollo Schmitt, en cuya roulotte presenciaremos una magnífica interpretación de "Ojos Negros"), como por las sesiones de jazz gitano que tanto nos recuerdan a Django Reinhardt (de hecho, el lutier Mandino, sobrino del anterior, participa en la película) hacen de “Swing” un filme imprescindible para los amantes de este estilo musical.

LA MÚSICA, PARTE ESENCIAL DE LA TRAMA.
Hay filmes en los que la trama se desarrolla no en torno a un músico, sino a la música en general o a una música en concreto. Saura hizo de ello casi un género o un leitmotiv cuando menos de muchas de sus películas. Pero buscando en otros baúles, no necesariamente de los recuerdos, observamos otras conexiones donde la música se convierte en objeto dramático para el séptimo arte.
“Bar El Chino” (Daniel Burak, 2003), protagonizada por Boy Olmi y Jimena la Torre, narra los deseos de un director de documentales de contar la historia del mítico boliche del bonaerense barrio de Pompeya. Lugar de encuentro de amigos, de amantes del tango, de solidaridades entrecruzadas, de amores y amarguras como las que cruzan la historia de Olmi y La Torre, es un brillante filme como tantos y tantos ejemplos del cine actual argentino.
Y como entre copas, alrededor de una mesa, las canciones no pueden faltar, la alemana “Soul Kitchen” (Fatih Akin, 2009) va precisamente de música y pitanza. Una delirante comedia sobre las desventuras de un cocinero griego afincado en Hamburgo, propietario de un pequeño restaurante, que a partir de la marcha de su novia a China por motivos laborales y la salida de su hermano (un chorizo de bajos fondos y apostador irremediable)de la cárcel ve mejorar las cosas al ponerse su restaurante de moda entre la gente más movida por la música y los platos de un excéntrico cocinero, lanzador de cuchillos en sus ratos libres. Sin embargo, cuando decide ir a Shangai a ver a su novia (que le pone los cuernos) y dejar en manos de su hermano el restaurante, todo se va a ir por la borda...¿Tendrá solución la pérdida del "Soul Kitchen" a manos de un especulador inmobiliario, su hernia discal, el siete que Nadine le hace en el corazón...? Sí: pero digamos que de forma un poco...¿rara? Muy recomendable.


lunes, 5 de diciembre de 2011

LISBOA: EL TAJO EN CELULOIDE

LISBOA:
EL TAJO EN CELULOIDE
EL HALO DECADENTE Y ROMÁNTICO QUE HA ENVUELTO HISTÓRICAMENTE A LA CAPITAL PORTUGUESA (RODEADA POR UNA MÍSTICA HECHA DE FADOS, CALLEJAS ESTRECHAS, TABERNAS DONDE SE RASGAN GUITARRAS Y CORAZONES Y SONIDOS DE OTRA ÉPOCA COMO LOS DE LOS VIEJOS TRANVÍAS POR SUS CALLES CÉNTRICAS) NO HA PASADO DESAPERCIBIDO PARA CINEASTAS TANTO LUSOS COMO FORÁNEOS. VEMOS AQUÍ ALGUNOS FILMES CON GENUINO SABOR LISBOETA.
 
Es obvio que testimonios cinematográficos sobre Lisboa existen desde mucho antes de los que aquí pasaremos a describir, pero bien sea por la dificultad de encontrarlos en la actualidad o bien porque algunos no ofrezcan la calidad adecuada (filmes de propaganda política elaborados por la dictadura salazarista, por ejemplo) no nos vamos a detener en ellos. Siempre contamos con excepciones, por supuesto, y para ello siempre se cuenta con el incombustible Manoel de Oliveira. El centenario cineasta de Oporto, cuya imaginación y gusto por los clásicos literarios lo muestra de forma constante en su filmografía, por muy portuense que sea (eterna rival de Lisboa, como Madrid y Barcelona o París y Marsella) ha rodado filmes en la ciudad y en sus cercanías. Quien desee tener un conocimiento de cómo se las gasta (en el buen sentido) Manoel de Oliveira, no tiene más que asomarse a “Non o la vanagloria de mandar”, “Un día de desespero”, “Francisca”, “Los caníbales” y otras obras mediante las que conocer a actores y actrices lusos como son la archiconocida María de Medeiros, Luis Miguel Cintra, Leonor Silveira o Teresa Madruga.
 Y hablaremos de dos películas donde contamos precisamente con ésta última, si bien en dos etapas vitales -juventud y madurez- diferentes, aunque en ambas demostrando por qué es una de las mejores actrices del país vecino. Comenzamos por la primera, donde su papel es protagónico -lo  cual no quita méritos a su actuación como secundaria en el otro-. “En la ciudad blanca” (Alain Tanner, 1982) cuenta además con el suizo Bruno Ganz, a quien recientemente hemos podido ver en el papel del dictador Adolf Hitler en “El hundimiento”. Ganz encarna a Paul, un marino suizo que decide dejar de flotar sobre las aguas en el mercante donde está enrolado y pasar a tierra firme. De siempre se ha dicho que los marinos no aguantan mucho tiempo en tierra, porque se marean. No es el caso de Paul, quien desea alejarse del mar y de su vida anterior, tomándose un periodo de descanso indefinido en el que no tiene más obligaciones que escribir a su mujer en Ginebra y grabar la ciudad en una cámara de Súper 8. Al desembarcar en Lisboa, conocerá a Rosa (Madruga),  empleada de la pensión donde vive, de quien se enamora con naturalidad, sin compromisos, manteniendo un romance sin prisa y sin calendario.
Ese amor es un amor que para Paul se extiende a una ciudad donde se encuentra cómodo, relajado, anónimo entre gentes sencillas (los propios lisboetas se convirtieron en colaboradores espontáneos de los técnicos, apartando automóviles de la vía y regulando el tráfico). Destacan la escena del vestido negro de Rosa abriéndose sensualmente ante Paul y la del reloj del Americano, un bar cercano al Cais do Sodré, cuyas manecillas van marcha atrás, simbolizando los deseos del marino por detener el tiempo.
Un papel radicalmente distinto es el que encarna Teresa Madruga en “Sostiene Pereira”, la adaptación que el italiano Roberto Faenza realizó en 1996 de la novela de su compatriota Antonio Tabucchi y que supuso la última película del maestro Marcello Mastrioani. Acompañado de un reparto de lujo en el que, además de Mastroiani y Madruga, participaron Joaquim de Almeida, Nicoletta Braschi (la esposa y compañera de tantos filmes de Roberto Benigni) o Daniel Auteil entre otros, Mastroiani encarna a un apocado periodista, con tendencia al sobrepeso y con dificultades coronarias, en la época dura de la Europa de entreguerras, en la que el fascismo portugués no escondía su carácter rudo, la República española se quebraba sin esperanzas ante el asalto de los militares golpistas y el acoso de Hitler y Mussolini amenazaba con una grave catástrofe a nivel mundial.
Vigilado por la portera de la redacción cultural (Madruga), acosado por dudas de fe, desganado ante la vida tras la muerte de su esposa y sin libertad para elegir los contenidos a publicar en el diario, cuyo estrambótico director es un fiel salazarista, Pereira entra en contacto con  Monteiro Rossi y su novia Marta, dos jóvenes idealistas, vitales y de energía arrolladora, cuya llegada harán que Pereira vaya, poco a poco, planteándose en medio de la atmósfera calurosa del mes de agosto, si hay otra vida, si merece la pena luchar para dar a conocer al país lo que está ocurriendo y si se puede, con voluntad -como le sugiere la mujer judía que encuentra en el tren, en una de las escenas del filme-, lograr lo que parece imposible. La banda sonora, del genial Ennio Morricone, cuya obra impregna tantas películas del Oeste, cuenta con la voz de Dulce Pontes en el extraordinario tema principal, “A brisa do coração”.
Si queremos hablar de acontecimientos históricos portugueses recreados en el cine, no es posible obviar la Revolución de los Claveles, que precisamente pondría fin al salazarismo, cuarenta y ocho años después de su implantación, mediante un golpe de Estado incruento efectuado por un grupo de militares jóvenes (el MFA o Movimento das Forças Armadas) que, surgidos muchos de ellos de las clases medias y bajas, eran conscientes del sufrimiento que para la metrópoli y las colonias estaba acarreando el mantenimiento de la guerra en África y de la falta de libertades. En 1999, cuando se cumplía su 25º aniversario, Maria de Medeiros -actriz internacional (“Airbag”, “Pulp  Fiction”, “Mi vida sin mí”), directora y desde fechas recientes revelada como excelente cantante con su disco “A little more blue”- estrenaba “Capitanes de Abril” con un elenco también muy internacional, donde están presentes Stéfano Accorsi, Fele Martínez, Joaquim de Almeida, Duarte Guimarães, Manuel Manquiña, la propia De Medeiros o Rita Durão.
La película, respetando la verdad histórica y al tiempo introduciéndonos la ficción de la relación entre los personajes del capitán Salgueiro Maia -un héroe nacional para Portugal, interpretado por Accorsi-, su compañero Manuel y la profesora universitaria Antonia (De Medeiros) nos cuenta el relato vibrante y apasionado de las veintiséis horas en las que Lisboa y Portugal entero vibró con un cambio impredecible para muchos, incluso cancilleres europeos y el propio gobierno de Franco.
No se omiten tampoco los detalles humorísticos, tanto para aliviar tensiones como los que tuvieron lugar en aquel mismo día. El disparatado diálogo entre Accorsi, Fele Martínez y Guimarães a cuenta de si los tanques debían o no parar en los semáforos o si debían o no activar las señales acústicas de las autoametralladoras, lo que pondría en peligro una misión “de incógnito”… es descacharrante ¡y algo así pasó de verdad! Como muchos de los gritos que, veinticinco años después, los entusiasmados extras volvieron a corear en la plaza del Carmo ante un Marcelo Caetano, jefe del gobierno dictatorial, muy bien caracterizado pero absolutamente de ficción.
Poco después, otro italiano, Maurizio Sciarra, pasaba a relatarnos una odisea setentera, a caballo entre el flower power y los sueños revolucionarios de mayo del 68: “A la revolución en un Dos Caballos”. Basada en la novela homónima, cuenta la historia de tres amigos, Vitor, un emigrante portugués interpretado por el español Andoni Gracia; Marco, su compañero de piso italiano y universitario de escaso éxito, salvo con las mujeres (Adriano Giannini) y el antiguo y nunca olvidado amor de aquel, Claire (Gwenaelle Simon), que marchan juntos en un Citroën 2CV amarillo desde París a Lisboa, atravesando Burdeos, Castilla la Vieja y Extremadura pasando diferentes aventuras, experiencias, conversaciones para conocerse mejor. La meta final no parece que sea Lisboa, sino una etapa nueva en sus vidas. ¿Será Marco más maduro? ¿Claire más independiente? ¿Vitor más decidido? Una banda sonora llena de nostalgia (Eric Clapton, Thunderclap Newman…) y tres grandes como Moustaki, el fallecido Paco Rabal y Oscar Ladoire completan un interesante cuadro humano y de sensaciones.
Dijo Saramago del pueblo de Marvão, en las estribaciones de la sierra de São Mamede y con una vista privilegiada del Alto Alentejo, de Cáceres y de casi el infinito, que desde él se ve todo. Nos es posible afirmar, en su línea que, visto lo visto, en Lisboa cabe también todo tipo de historias. Y además, bien contadas.



 
HISTORIAS DE ESPIONAJE Y BALSAS DE PIEDRA
“La Casa Rusia”, cinta basada en la novela de John Le Carré, cuyas novelas de espionaje son conocidas por los lectores de medio mundo, y protagonizada por Sean Connery y Michelle Pfeiffer, ofrece impactantes imágenes de Moscú y San Petersburgo (por entonces, Leningrado, tal y como era llamada en la época soviética). Pero el lugar donde Connery -interpretando al borrachín editor Bartholomew Scott Blair, ex agente de la CIA en tiempos más jóvenes- tiene las primeras conversaciones con los servicios secretos de Estados Unidos y Gran Bretaña son unas instalaciones que los británicos tienen en Lisboa, donde Blair reside. Las calles estrechas, edificios con la ropa colgando de las ventanas (incluyendo una imagen de una bandera roja con la hoz y el martillo) y el tranvía que sube la cuesta de la catedral y el castillo de São Jorge forman parte de la escenografía del filme.
En “La balsa de piedra”, basada también en la novela del fallecido Premio Nobel José Saramago, podemos encontrar la imagen de una Lisboa desierta a causa del forzoso desplazamiento de sus habitantes a causa del inminente choque que, debido al desplazamiento de la nueva Isla Iberia tras el desgajamiento de la antigua península de los Pirineos, se producirá de la misma con el archipiélago de las Azores. Sin embargo, por increíble que parezca, mientras los protagonistas del filme (Federico Luppi, Icíar Bollaín o Gabino Diego entre otros) viajan de un lado a otro de España y Portugal, este acontecimiento funesto conseguirá evitarse.