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sábado, 24 de agosto de 2013

LA ESCAPADA: ASIA CENTRAL

ASIA CENTRAL:
POR LOS DESCONOCIDOS DOMINIOS DE TAMERLÁN Y LA RUTA DE LA SEDA

Me he sentido profundamente fascinado por la lectura reciente de los libros de viajes de Fernando López-Seivane “Viaje al silencio” y Colin Thubron “El corazón perdido de Asia”, describiendo sus peripecias por las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central. Aquellos extraños “Stán” de los que tan poco conocemos en Occidente y que fueron en tiempos tierras que vieron florecer imperios legendarios, aparecer por allí a singulares personajes como Alejandro Magno, Marco Polo o Rui González de Clavijo e invasiones temibles de razas temibles: hunos, mongoles, turcos, cosacos, tártaros y rusos.
Espacio histórico para el refinamiento y la crueldad, a caballo entre el mundo cristiano representado por Rusia, el islam de Persia, Afganistán y Turquía y el budismo y confucianismo de India y China, Asia Central vive hoy momentos de zozobra económica y política tras la caída del ente supranacional al que pertenecía, la URSS, pero cuenta con el refugio inmenso de las huellas de los kanatos que en ella existieron, las religiones paganas surgidas en ella -como el zoroastrismo- o las ciudades legendarias de la ruta de la Seda que alberga, como Samarkanda.

Alejandro Magno, la Sogdiana y el zoroastrismo.
Asia Central es un territorio tan extenso como toda Europa Occidental, pero a la vez sumamente despoblado. Al norte, se extienden las estepas de Kazajistán; al suroeste, los desiertos del Kizilkum (arenas rojas) y el Karakum (arenas negras). Según avanzamos hacia el este, las cadenas montañosas de Alai y del Pamir (en la imagen inferior), donde nacen los dos grandes ríos que atraviesan estos territorios, el Amu Daria (al sur) y el Sir Daria (algo más al norte) y desembocan en el mar Aral configuran un paisaje más amable, de cultivos y valles como el indómito valle de Fergana, en Uzbekistán, o los impresionantes glaciares y cumbres de nieves perpetuas de Tayikistán.

La colonización ruso-soviética, sin embargo, transformó duramente, como veremos con posterioridad, el paisaje de estos países, introduciendo industrias y el cultivo del algodón, que alteró el curso de los ríos Amu Daria y Sir Daria e introdujo graves problemas ecológicos como fue el progresivo descenso del volumen del mar Aral. Pero en los tiempos antiguos, la Transoxiana (bautizada así por ser las tierras que quedaban más allá del río Oxus, nombre antiguo del Amu Daria) era una tierra de secretas civilizaciones como la sogdia, ubicada en la meseta del Pamir, en lo que hoy es Tayikistán, que al ser descubierta por los ejércitos de Alejandro Magno encontraron un modo de vida muy parecido a una sociedad comunista, en la que la pobreza estaba erradicada o los bienes eran comunales. Así que cuando los bolcheviques llegaron, más de tres mil años después, poco podían enseñar a unos tayikos descendientes de aquellos sogdios que ya sabían lo que era una sociedad sin clases.
En su marcha hacia la India, Alejandro de Macedonia fue el primer gran conquistador de Asia Central, de la Transoxiana de la antigüedad. Una tierra surcada de leyendas, vinculadas muchas de ellas al islam, que posteriormente se desarrollaría a partir de la islamización de los mongoles y las invasiones turcas, como la fundación de la ciudad de Andiyán, en el valle de Fergana, por el rey Salomón (Suleimán) o la presencia del cuerpo del profeta Alí, mártir de los chiíes, en el mismo suelo uzbeko. Más antigua aún es la que atribuye a Asia Central y no a Persia el nacimiento del zoroastrismo, si bien los límites entre ambos, en aquella época, estaban un tanto borrosos.


Las incursiones mongolas, la Ruta de la Seda y el nacimiento de los kanatos.
 Hunos, suevos, alanos, vándalos o magiares, en sus incursiones hacia Europa y el imperio romano, empujados por el hambre o por pueblos que les sometían a una presión similar a la que ellos ejercieron sobre la Roma en decadencia, pasaron por la Transoxiana. Efímeros imperios, como los sasánidas y los samánidas, se forjaron en aquellas tierras y comenzaron a fundar ciudades, al mismo tiempo que en otras partes sus habitantes se organizaban en clanes y tribus dedicadas al pastoreo nómada, que nunca dejó de existir hasta la colectivización y la sedentarización forzada de los años de Stalin.
Las pocas centurias de tranquilidad que pudieran existir se vieron pronto alteradas por las incursiones de la guerrera raza de los mongoles. Su táctica bélica y su despiadada crueldad llevaron a este pueblo, al mando de Gengis Khan, con ayuda de mercenarios turcos (de gran influencia en su islamización) a conquistar Asia Central, la India, poner en serios aprietos a los turcos seljúcidas, impedir la reconquista musulmana de Tierra Santa en los años de las cruzadas y amenazar la precaria situación de la Europa medieval. Si de Atila se decía que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba, de Gengis Khan podía decirse que no volvían a crecer las piedras, pues ciudades enteras como Samarkanda quedaron arrasadas.
De esta época podía decirse que comenzó la configuración “nacional” de los futuros estados de Asia Central. Una configuración precaria, pues la identificación étnica de los estados no comenzó sino en fechas muy recientes, con la política estalinista de asignación de un país (una república soviética) a una etnia, siendo algo que en los tiempos anteriores no ocurría con kanatos multiétnicos y asociaciones de clan y tribu que aún hoy continúan en los recientes estados independientes y que es, en cierto modo, un obstáculo para su desarrollo democrático. Algunas hordas mongolas, la Gran Horda, la Horda Media y la Pequeña Horda, se instalaron en las estepas de lo que hoy es Kazajistán. Allí, con el tiempo, se formaría, el kanato de la Horda de Oro. Muchos kazajos siguen hoy distinguiéndose en función de su pertenencia a una de las tres hordas.
De Kazajistán, precisamente, surgiría una disidencia en las hordas mongolas que llevaría a la posterior formación de otra etnia y luego de otro estado, en función de la política de nacionalidades de Stalin. Capitaneados por un jefe llamado Usbeq, los mongoles de esta horda disidente se desplazaron hacia el sur y formaron su propia sociedad. De este Usbeq surgirían los uzbekos, base étnica mayoritaria del actual Uzbekistán. Absorbidos por el imperio multiétnico de Timur Leng (más conocido en Occidente como Tamerlán) o imperio timúrida, cuya capital era la ciudad de Samarkanda, la horda de Usbeq y Tamerlán constituyen la base nacional del actual estado uzbeko.
Tamerlán (a la izquierda, su mausoleo en Samarkanda), de cuyo imperio nos llegaron a los españoles las crónicas del enviado castellano González de Clavijo, combinó la crueldad con el refinamiento. Su justicia implacable y su sed de ampliar sus fronteras hacia territorio persa y afgano se combinaron con la presencia en la corte de matemáticos, astrónomos, poetas y artistas. Rey islámico que no obstante combinaba las prácticas paganas como la astrología para saber el momento propicio en el que salir al campo de batalla, reconstruyó Samarkanda y protegió a artistas como Navoi, tenido como el fundador de la literatura uzbeka.
Samarkanda, Kokand y el valle de Fergana se convirtieron en puntos estratégicos de la Ruta de la Seda, y por todo el imperio timúrida se sucedieron comercios, posadas y caravansares. Este esplendor del imperio de Tamerlán se apagó cuando los portugueses doblaron el cabo de Nueva Esperanza y la ruta marítima se convirtió en más segura que la ruta terrestre, infestada de guerras e inestabilidades.
Tras la desmembración del imperio timúrida, surgieron kanatos o reinos cuya base fue el islam y la multietnicidad. Entre tres se repartieron la Transoxiana: los de Jiva al oeste, Bujara al sur y Kokand al este, en el valle de Fergana. Estos tres kanatos, en los que se sucedieron gobernantes débiles, otros crueles y otros más ilustrados y liberales, tuvieron que hacer frente a tres enemigos: por un lado, las tribus turcomanas (que hoy habitan en el actual Turkmenistán), belicosos nómadas de origen turco cuyas incursiones por el sur no dejaron de crear quebraderos de cabeza; por otro, los ejércitos de la Rusia zarista, deseosos de ampliar sus fronteras y contar con un imperio colonial al modo de las naciones occidentales y de contrarrestar el dominio británico en la India y Afganistán; y por último el imperio de los turcos otomanos, cuya influencia a la hora de querer crear un estado panturco, si bien debilitada con el tiempo, no deja de ser desdeñable incluso hoy día en círculos intelectuales de los nuevos estados, deseosos de poder crear un Turkestán que abarque desde Estambul a Xinjiang, hogar de los uigures chinos.
Quien acabaría finalmente absorbiendo estos kanatos sería Rusia, primero mediante la creación de protectorados y finalmente absorbiendo, por vía de la sovietización, estos estados multiétnicos, que fueron fragmentados en repúblicas en las que la composición étnica fue la clave para la creación de entidades nacionales antes inexistentes.

El dominio ruso y la sovietización de Asia Central.
Aproximadamente en la década de los setenta del siglo XIX, los kanatos de Jiva (ver foto inferior), Bujara y Kokand fueron absorbidos “de facto” por la Rusia zarista. Las campañas de los generales rusos, la firma de tratados con los emires locales y la construcción de nuevas ciudades (Alma-Ata, Tashkent, Karaganda) y vías de comunicación llevaron a que cada vez se hiciera más patente la presencia rusa. Al mismo tiempo, los levantamientos y las campañas guerreras contra ese dominio ruso fueron aplastados casi sin contemplaciones y sin bajas por los ejércitos del zar, cuyos súbditos, tanto en este como en la época de la URSS contemplaron su presencia en Asia Central con los mismos ojos de “misión civilizadora” con los que los europeos occidentales comprendían su presencia en África o Extremo Oriente.
Kazajistán fue comprendido dentro del llamado “Gobierno de las estepas”, de administración directa por el gobierno zarista. El resto de Asia Central conservó un cierto grado de autonomía. Este panorama cambió de forma sustancial con la revolución bolchevique y la guerra civil rusa. La ciudad de Tashkent se convirtió en el foco bolchevique de la región. Los comunistas musulmanes, deseosos de poder crear un Turkestán unido y socialista, pronto verían truncadas sus expectativas con la división artificiosa de Stalin -comisario de las nacionalidades en el soviet revolucionario de Petrogrado-, creada en cierto modo para evitar las tendencias independentistas que pudieran derivarse de la idea del Turkestán.
Pero antes de eso, los musulmanes de Kokand, traicionados en su llamamiento al diálogo invocando a Lenin y viendo su ciudad invadida y bañada en sangre por los bolcheviques -todos ellos europeos- del soviet de Tashkent, decidieron levantarse contra ellos y formar la guerrilla basmachi, alineándose contra el Ejército Rojo en la guerra civil. Durante los años de 1918 a 1921, los tres años temibles del conflicto entre rojos y blancos, los basmachi pelearon contra la presencia ruso-bolchevique, siendo barridos finalmente por el general bolchevique Mijaíl Frunze, nacido en Kirguistán de padres europeos. Frunze, en una ironía del destino, acabó dando nombre a la capital de la república kirguís (Bishkek antes y después de la época soviética), quedando en la memoria de aquellos a quienes había conquistado.
Vencidos los basmachi y perdida la fe de los comunistas musulmanes que deseaban la unión del multiétnico Turkestán, Stalin llevó a cabo entre 1924 y 1928 la división del Asia Central soviética en base a un criterio lógico desde el punto de vista étnico (un pueblo, una nación), pero ilógico e insensato desde el de la historia y la geografía. Uzbekos, turcomanos, kazajos, kirguisos y tayikos no tenían desarrollada una identidad nacional como podían tenerla armenios, ucranianos o georgianos. En algunos casos, como en el del kanato de Bujara con tayikos y uzbekos, vivían mezclados y sin distinción de comunidad. En otros, tenían más presente su familia ampliada o su tribu en la memoria colectiva antes que su pertenencia a un grupo étnico o nacional. Y la división trazada por el comisario y futuro líder de la URSS llevó a decisiones cuanto menos dudosas, por no decir arbitrarias o disparatadas.
En primer lugar, a la hora de que alguien se definiera como uzbeko, tayiko… muchos podían verse obligados por esta decisión a abandonar su lugar de origen, la ciudad donde desde generaciones había habitado su familia, etc. y desplazarse a la república homónima, situada a cientos o miles de kilómetros. Por eso, no fue extraño que tayikos de Samarkanda o de Bujara optaran por definirse como “uzbekos” o que uzbekos de Osh (Kirguistán) se dijeran kirguisos. Por este motivo, aún hoy, y pese a que la mayor parte de las repúblicas están habitadas en más de un 60 por ciento por sus etnias homónimas (la única posible excepción es Kazajistán, donde existe un cierto equilibrio entre kazajos y rusos, además de alemanes, coreanos y otros), existen desequilibrios que afectan a la propia inestabilidad interna de las jóvenes naciones. Samarkanda y Bujara pertenecen a Uzbekistán, pero están habitadas mayoritariamente por tayikos, lo que ha causado que la vecina república de Tayikistán se vea privada de ciudades y de una clase urbana e intelectual que habría podido otorgar estabilidad al país. Al mismo tiempo, en Tayikistán, el 25% de la población es uzbeka, y existen importantes contingentes de estos en Kirguistán, sobre todo en la ciudad de Osh, donde en 1990 hubo sangrientos enfrentamientos con los kirguisos relacionados con la vivienda y los servicios públicos.
Otras etnias se han visto igualmente afectadas por esta política arbitraria para trazar fronteras. Los judíos de Bujara y Samarkanda prefirieron, por ejemplo, identificarse como uzbekos antes que como judíos (que no es un grupo étnico, sino religioso) para no tener que ser desplazados a la república autónoma judía creada en los confines de Siberia, perdiendo de este modo contacto con su pasado y su vida cotidiana. Y los tártaros, que llevaban cientos de años establecidos en la parte occidental del Caspio, no tuvieron una república soviética, sino una mera república autónoma en el interior de Rusia, por el mismo temor a su independentismo que generaba la idea del Turkestán.
De igual modo que una etnia generaba un país, había que generar una lengua. Cada grupo tenía una lengua, pero estas lenguas no eran sino en muchos casos dialectos o derivaciones del turco (turcomano, uzbeko, kazajo) o del persa (tayiko, azerí). Las cábalas y correcciones para pasar del alfabeto latino al cirílico y viceversa o la creación de neologismos derivados del ruso deben figurar en la antología del disparate de cualquier historia de la Humanidad. Igualmente, la creación artificiosa de una historia nacional y su integración en un corpus ruso -a la que ahora en cierto modo se le está dando la vuelta para crear a marchas forzadas una historia patria desprovista de elementos coloniales ruso-soviéticos- dieron lugar a extrañas mezcolanzas artísticas (en pintura, literatura, arquitectura) de realismo socialista y elementos orientales que salpican, aún hoy, la vista del visitante de Ashjabad, Tashkent, Alma-Ata o Dushanbé.
Con todo, si al menos la creación, aunque algo falsa, de una idea nacional que puede y debe ser reparada a fin de que se exhiba la verdad de la misma, puede tener sus puntos positivos -al permitir identificar el islam, el tribalismo, las incursiones de diferentes pueblos, los kanatos, los imperios antiguos y modernos como el sogdiano, el samánida o el timúrida como puntos de conciencia nacional, si bien comunes, en las nuevas naciones- lo más grave para el día a día de las nuevas naciones es la herencia soviética en forma de degradación política y medioambiental. La escasez de principios y formas democráticas de los nuevos estados, contaminados por formas antiguas (pervivencia del KGB local, perpetuación de los antiguos comunistas con nombres nuevos bajo el paraguas de partidos presidenciales, regímenes personalistas con ocurrencias absurdas como las de Niyazov en Turkmenistán, autoproclamado Turkmenbashi o “padre de los turcomanos”) y la política económica que supuso la aparición de mafias como la de Rashídov en Uzbekistán, el abuso de las presas y canales de los ríos Amu Daria y Sir Daria para el cultivo del algodón, las pruebas nucleares en Kazajistán o las industrias altamente contaminantes de Karaganda o Fergana han depauperado muchas de las posibilidades de estos nuevos países. Los efectos de estos clanes políticos (y no decimos mal, pues muchos de ellos no dejan de estar vinculados a clanes familiares o a tribus que ostentaron secularmente el ejercicio del poder; de hecho, Nursultán Nazarbayev, el presidente kazajo, pertenece a la Gran Horda) y esta degradación del entorno son tan devastadores como puede serlo una mala aplicación de la liberalización económica, que ocurrida después de la caída de la URSS y la Perestroika gorbachoviana sumergió a estos países y a otros de la extinta Unión a graves problemas económicos, a la pobreza de muchos habitantes, al desabastecimiento y la inflación.
El desarrollo de estos países tuvo parte de milagro y de tragedia. La industrialización, la urbanización y la producción a gran escala se produjo en medio de un contexto de colectivización forzosa, deportaciones y asesinatos. En la década de los treinta miles de personas, como en toda la URSS, fallecieron víctimas de las purgas de Stalin, las deportaciones o las condiciones de vida existentes en los campos de trabajo. La enseñanza y práctica del islam fueron proscritas, y hasta el sufismo fue perseguido por ser considerado como subversivo. La época de Jruschov trajo una cierta liberalización, aunque esta no llegaría a ser completa hasta la llegada de Gorbachov y la Perestroika. Breznev y sus aliados, tras el golpe interno que depuso a Jruschov, alimentaron la llegada de personajes oscuros y corruptos también en el Asia Central, como el primer secretario uzbeko, Rashídov, que llegó a hacerse con un buen capital gracias a manipular los números de la planificación del algodón.
Gorbachov, sin quererlo, abrió la lata de las denuncias de la corrupción, la explosión de las pasiones nacionalistas y pulverizó un imperio que, pese a su empeño, se demostró imposible de recuperar. Quizá, como aseguran algunos, no fuera un fracaso del comunismo, pero sí un fracaso de un modo de comunismo que había combinado incompetencia, ambiciones personales y colonialismo, en una mezcla explosiva que, al detonarse, dejó desamparado y al mismo tiempo con la necesidad de seguir su propio y nuevo camino a unas nuevas naciones cuyo futuro está casi tan por escribir como su pasado.

Los nuevos estados: quiénes y cómo son.

Kazajistán es el más grande de todas estas recientes repúblicas. Situado al sur de Rusia y al norte de la antigua Transoxiana, tiene su capital en Astaná (anteriormente denominada Alkmola), ciudad a la que se desplazó la administración desde la sureña Alma-Ata por decisión del presidente Nazarbayev, deseoso tanto de alejarse de la influencia de su red clientelar como de acercarse a la parte del país con mayor presencia rusa (los rusos son la minoría étnica más numerosa de Kazajistán, muy cerca de los kazajos). Los orígenes de los kazajos hay que situarlos en las invasiones mongolas y en el kanato de la Horda de Oro. Sometidos por Rusia en el siglo XIX, centuria en la que se fundó el Gobierno de las Estepas, los kazajos han sido tradicionalmente un pueblo nómada y ganadero, que sólo recientemente se ha sedentarizado y ha comenzado a habitar en ciudades industriales (Karaganda, Alma-Ata) o en granjas colectivas. Es, junto con Uzbekistán, uno de los aliados más firmes de las potencias occidentales en la zona, cuyos contactos son de importancia capital para la administración kazaja en la exportación de los recursos naturales del país.

Uzbekistán reúne en su territorio la mayor parte de las huellas de acontecimientos históricos de Asia Central. En él se encuentran la supuesta tumba de Alí, la ciudad de Andiyán fundada por Salomón, las capitales de los kanatos de Jiva, Bujara y Kokand o la cuna del imperio de Tamerlán. Los uzbekos llegaron desde el oeste del actual Kazajistán, liderados por el mongol disidente Usbeq. Convertidos al islam y fuertemente influenciados por los turcos, formaron parte aquí y allá de los kanatos multiétnicos hasta que en 1924 Stalin creó la RSS de Uzbekistán, con capital en Tashkent, una ciudad fuertemente europeizada que hoy lo sigue siendo. Tras la independencia, un viejo apparatchik del PC uzbeko, Islam Karimov, se convirtió en presidente del país, gobernado sin mucha diferencia con respecto a los viejos métodos soviéticos.

Turkmenistán o país de los turcomanos es un extenso país dominado por los desiertos del Karakum (arenas negras) y el Kizilkum (arenas rojas), salpicado aquí y allá por cadenas de oasis. Los turcomanos son un histórico pueblo de bravos nómadas de origen turco que fueron forzosamente sedentarizados en la época de Stalin. Presumen de poseer bellos caballos y esplendidas alfombras, ornadas con motivos como el que forma parte de la bandera del país. Hoy en día, una de sus principales fuentes de riqueza es el gas de su subsuelo. Su capital es Ashjabad. Recientemente ha fallecido su presidente vitalicio, Saparmurat Niyazov, alias “Turkmenbashi” o padre de los turcomanos, un líder entregado al culto a la personalidad de tal manera que llegó a cambiar los nombres de los meses o de las ciudades con su nombre. No en vano, muchos se fijaron en él cuando Sacha Baron Cohen hizo recientemente su filme “El dictador”.

Tayikistán reparte su población no sólo entre la república homónima, sino que existen tayikos repartidos por Uzbekistán, Afganistán e Irán. Los tayikos son una excepción con respecto al resto de pueblos de Asia Central, pues si bien los demás tienen un origen turco-mongol, los tayikos son un pueblo persa étnica y lingüísticamente. De hecho, tienen a gala denominarse como los auténticos persas. El país se enclava en las montañosas cumbres del Pamir, donde en la Antigüedad floreció la civilización sogdia que deslumbró a Alejandro Magno. Su capital es Dushanbé, un antiguo pueblo que creció tras la llegada del ferrocarril en 1929. La independencia de la URSS en 1991 trajo consigo una cruenta guerra civil entre el gobierno excomunista y la alianza entre demócratas liberales y el Partido del Renacimiento Islámico, en la que se mezclaron conflictos tribales latentes que no son ajenos a otras repúblicas. Tropas de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) capitaneadas por los rusos llegaron en 1992 para controlar una situación que provocó 20.000 fallecidos y millares de desplazados y que sólo se estabilizó con la firma de la paz en 1997. Tayikistán se enfrenta hoy a los retos del desarrollo, de sacar de la pobreza a amplias capas de población y a hacer frente al tráfico de drogas que entra en su territorio procedente del vecino Afganistán.

Kirguistán está situada en el extremo oriental de Asia Central, próxima a China. Tiene su capital en Bishkek, la antigua Frunze soviética, en cuya academia se formaron los principales jefes militares de la URSS. Los kirguisos conservan muchos rasgos mongoles que les emparentan con los uigures de la provincia de Xinjiang, al otro lado de la frontera, y que determina su origen étnico. Su islamismo es muy moderado, y está entremezclado con rasgos de chamanismo y de religiones primitivas mongolas. Los kirguisos, al igual que los turcomanos o sus vecinos kazajos, desarrollaron una actividad ganadera nómada que aún hoy y pese a los años de sovietización se ha conservado más pura e intacta que en los demás países. Tras la independencia, Kirguistán tuvo un presidente que no pertenecía a la nomenklatura del Partido Comunista local, pero que presentó las mismas tendencias dictatoriales que en el resto de la región. Una revuelta popular en Bishkek acabó en 2005 (la "revolución de los tulipanes") y otra posterior en 2010 contra el nuevo presidente Bakíev abría esperanzas a la democratización en un país que había de derrocar los gobiernos a base de revueltas populares. Esta segunda revolución, capitaneada por una nueva presidenta, Roza Otunbayeva, desplegó un referéndum sobre cuestiones básicas como la limitación de los poderes presidenciales. Sin embargo, el camino no era sin embargo sencillo, pues se estaba desarrollando en medio de difíciles circunstancias como eran los graves enfrentamientos en Jalalabad y, de nuevo, Osh.

Más información:
Olivier Roy, “La nueva Asia Central o la fabricación de naciones”, Sequitur.
Colin Thubron, “El corazón perdido de Asia”, Altair.
Francisco López-Seivane, “Viaje al silencio”, Alianza Editorial.
Thomas O Höllmann, La Ruta de la Seda, Alianza Editorial.

domingo, 1 de abril de 2012

LA ESCAPADA: LAS ISLAS CÍCLADAS

LA ESCAPADA

LAS ISLAS CÍCLADAS
MITOLOGÍA, MAR, MARCHA Y TURISMO GAY EN EL MEDITERRÁNEO ORIENTAL

EL ARCHIPIÉLAGO DE LAS CÍCLADAS, A MEDIO CAMINO ENTRE LA GRECIA PENINSULAR Y TURQUÍA, FORMA UNA PROVINCIA INSULAR MÁS DE LAS MUCHAS QUE CONSTITUYEN EL PAÍS HELENO Y QUE SON BUENA PARTE DE SU TERRITORIO. NOMBRES COMO LAS ISLAS DE PAROS, NAXOS, SANTORINI O MICONOS SE INCLUYEN DENTRO DE ESTE DELICIOSO CONJUNTO DE ISLAS QUE SON UNA MARAVILLA PARA EL VISITANTE
El archipiélago de las Cícladas (Kikhlades en griego) comprende alrededor de doscientas veinte islas, siendo las principales por tamaño Naxos, Ándros, Paros, Tinos, Milo, Ceos, Amorgos, Íos, Citnos, Miconos, Siros, Santorini, Serifos, Sifnos, Síkinos y Anafi. A simple vista, parece que hayamos recitado la alineación titular y el banquillo del Panathinaikos, pero no se asusten. En este artículo, y aunque nos pese, nos vamos a centrar sólo en un quinteto, el más conocido e interesante para el visitante. Aunque eso implique ir justo con la masiva llegada de visitantes (en invierno, los establecimientos hoteleros suelen cerrar en las islas griegas), en épocas como principios o finales del verano es posible encontrar la misma belleza paisajística con la salvedad de que hay menos gente.
Así pues, veremos aquí lo que se cuece en Naxos, Ándros, Paros, Miconos y Santorini, así como en Delos, especialmente por su interés mitológico y arqueológico.
NAXOS

A Naxos puede llegarse en avión desde el aeropuerto Eleftherios Venizelos de Atenas a través de la compañía griega Olympic Airways, que opera una vez al día entre la capital helena y  la isla, aumentándose la frecuencia en verano. También el barco, desde el puerto ateniense de El Pireo, con ocho conexiones diarias (6 horas de trayecto), así como con conexiones con otras islas de las Cícladas, Salónica, Creta y el archipiélago del Dodecaneso, es una opción alternativa.

Naxos es una de las islas más interesantes del archipiélago y de todas las islas de Grecia desde el punto de vista arqueológico. Con sus 482 km2 es la más grande de las Cícladas, y reúne en armonía tanto interesantes construcciones que la hacen atractiva no sólo desde el punto de vista del interesado en la Historia Antigua (Khora, la capital, es una de las más hermosas ciudades de la Grecia insular), junto a sus playas, que son de las mejor consideradas por visitantes y guías turísticas. La antigua capital de Naxos coincidía en el nombre y en el emplazamiento con la pequeña ciudad actual, y en ella llegaron a convivir, aunque en barrios distintos y diferenciados en la arquitectura, venecianos católicos (Kastro), griegos ortodoxos (Burgos) y judíos en Grotta y Foundana. De la época arcaica se conservan, en la isleta anterior a Palati, los restos —un grandioso portalón, entre ellos— de un templo jónico del siglo VI a. C. supuestamente dedicado a Apolo.
En toda la isla hay, salpicados aquí y allá, restos de arquitectura antigua junto con torres medievales e iglesias ortodoxas. Merece especialmente la visita al pueblo de Apíranthos, un bello y pintoresco municipio con vistas al mar, de casas y calles construidas en piedra, de clara influencia cretense (de donde eran originarios sus habitantes) y a sus playas, sobresaliendo las de Agios Giórgos (San Jorge), Agios Prokopios (San Procopio) y Agias Annas (Santa Ana), esta última con tabernas, bares y pensiones (domatia).
En la mitología griega, Naxos es el lugar donde Teseo hace escala después de haber matado al Minotauro. Allí abandona a Ariadna (la del famoso hilo, que hace que el héroe no se pierda en el laberinto), hija del rey Minos, que es recogida al día siguiente por Dioniso, y llevada enseguida a Lemnos. Se cuenta que aquí creció, además, Zeus, padre de los dioses. Lo que sí es cierto es que la isla rendía culto a Dionisos (Baco), patrón de las viñas, que era su principal cultivo.
ÁNDROS

A Ándros es posible llegar a través del barco, desde los puertos de Rafina y Lavrio, en el Ática (Grecia peninsular). Los buques que van hasta la isla desde aquí continúan trayecto hasta Miconos o Tinos, también en las Cícladas.

Ándros es la más septentrional del archipiélago de las Cícladas, y con 374 km² es la segunda en extensión de éstas. Es montañosa y tiene valles fértiles y bien regados, lo que hace que no sea tan dependiente del turismo (la actividad agrícola y naviera han sido muy importantes históricamente en la isla) y que, por ello, la afluencia de visitantes sea menor (lo que se nota en la dificultad de conexiones de transporte con Atenas). Ello la convierte en más atractiva para los que quieran gozar de tranquilidad. La isla es famosa por las fuentes de agua mineral de Apikia, a unos 3 km de la capital, que mana de una cabeza de león.
Según la mitología griega, su nombre deriva de Andreos, a quien Radamantis dejó el control de la isla. Según otra tradición, estuvo poblada por guerreros de la isla de Cos, llevados por Fidipo, de regreso de la guerra de Troya.
Ándros, la capital, está arriba de un promontorio entre dos playas. Es una mezcla de mansiones neoclásicas de después de la Primera Guerra Mundial y de casas típicamente cicládicas. Las plazas están pavimentadas con mármol. Tal lujo muestra que aquí siempre ha habido dinero. Su coqueto paseo marítimo posee cafés e interesantes galerías de arte. Al final del promontorio hay dos islas, la primera de las cuales está unida a tierra por un puente de ladrillo, donde están las ruinas de un castillo veneciano, y la segunda con un faro.  
La principal ciudad de veraneo es Batsí, en la costa occidental, muy popular entre los visitantes griegos y, por este motivo, con una incipiente infraestructura turística. El puerto principal de la isla es Gavros, al cual atracan los barcos procedentes de las islas vecinas y de la península.
PAROS

A Paros se llega en avión desde Atenas con  Olympic Airways. También es posible hacerlo en barco desde Atenas y Salónica hasta el puerto de Parikiá, o desde las otras islas Cícladas y el puerto ático de Rafina.

Paros se ha visto especialmente favorecida por quienes vienen huyendo de la masificación de Miconos. Tiene al mismo la tranquilidad que le falta a aquella y posee una animada vida nocturna, centrada la capital y en Naousa. Sus playas, por otro lado, no tienen que envidiarle a las del resto de islas. Kolimbíthres, Monastiri, Langeri y Santa María, en la segunda de las ciudades mencionadas, son las más afamadas de Paros, donde se puede practicar el submarinismo y otros deportes naúticos.
La leyenda dice que fue colonizada por Paros de Parrasia, que llevó a la isla una colonia de arcadios. Los supuestos nombres antiguos fueron Plateia (o Pactia), Demetrias, Zacinto, Hiria, Hileessa, Minoa y Cabarnis. Atenas envió una colonia de jonios que aportaron prosperidad y crearon colonias en Tasos, y la de Parion en el Helesponto. La isla es famosa también por sus canteras de mármol, de donde salió la famosa Venus de Milo.

MICONOS


La turística isla de Miconos se encuentra muy bien comunicada y en ella atracan tanto cruceros como barcos de línea regular procedentes de El Pireo y Rafina. En avión, Olympic Airways realiza cinco trayectos diarios entre Atenas y el aeropuerto de Hora, capital de la isla.

Es una de las islas más turísticas del Egeo y de Grecia, con las ventajas e inconvenientes que conlleva. Entre sus principales atractivos están las playas, la vida nocturna y el hecho de ser la isla más cercana a Delos, uno de los cuatro principales yacimientos arqueológicos de Grecia, además de ser uno de los referentes en turismo gay de Europa y del mundo.
La ciudad de Hora es una pequeña población de casas cúbicas y encaladas ordenadas en torno a calles estrechas. A diferencia de otras localidades del Egeo, construidas en anfiteatro, Míkonos se extiende en una llanura. El barrio de Alefkándra recibe la denominación popular de Pequeña Venecia (Little Venice) por sus típicas casas con balcones y pórticos situadas a la orilla del mar. En una plaza situada al sur de barrio se encuentran la catedral ortodoxa y la iglesia católica de la Virgen del Rosario, en cuya fachada se conserva el escudo de la familia Ghisi. En el Barrio del Castillo se extiende un conjunto de casas medievales conformando una especie de muralla. En su interior se halla el conjunto de iglesias de Paraportianí, que está catalogado como monumento nacional. Además, en Hora pueden encontrarse, en la parte alta de la ciudad, el pintoresco conjunto de los molinos de viento, de los que el de Bónis es visitable.
La isla es un buen lugar para las compras -joyería, ropa, artesanía, obras de arte, antigüedades- y para salir de marcha. Los locales se concentran en Little Venice o en las zonas de playa, que destacan por su fama: Malaliamos, Agios Stéfanos (San Esteban), Agrari, Kalafati, Liá Agios Sostis son lugares extraordinarios por la belleza de sus aguas y su fina arena… y algunos, casi inaccesibles.

DELOS
La isla de Delos, a la que se accede desde la vecina Miconos, está muy arraigada en la mitología griega por ser el lugar de nacimiento de Apolo y Artemis. En ella, además, los atenienses establecieron la sede de la Liga de Delos, alianza de las ciudades-estado griegas contra los persas. Ha sido, además, habitada por romanos, sirios y egipcios con posterioridad, viviendo una segunda época de esplendor con Roma. A unos 40 minutos en barco de Miconos, contiene numerosos restos arqueológicos de la antigua Grecia, y la ciudad-santuario de Delos fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1990 por la UNESCO.
Impresionantes son las ruinas de su teatro, la Avenida de los Leones, la Laguna Sagrada, las ruinas de las casas de los pudientes de la isla, ubicadas en las cercanías del barrio del teatro, o los templos de los dioses de la civilización egipcia (Isis y Serapis), muestra de su paso por Delos.

SANTORINI
I
El avión (Olympic) conecta Santorini con Atenas, Creta y Salónica, además de existir en verano la posibilidad de vuelos internacionales entre la isla y algunas de las principales ciudades del mundo. En barco, se puede llegar al puerto de Skala desde El Pireo, Creta, Salónica, el resto de las Cícladas e incluso Chipre e Israel.

Santorini (nombre italiano) o Therá es, en realidad, un pequeño archipiélago circular formado por islas volcánicas, localizado en el sur del mar Egeo, unos 200 km al sureste del territorio continental griego. Santorini es, en esencia, lo que queda de una enorme explosión volcánica que destruyó los primeros asentamientos existentes, haciendo desaparecer gran parte del territorio de la antigua isla y provocando la creación de la caldera geológica actual. Es el centro volcánico más activo del arco volcánico del sur del Egeo, si bien lo que hoy en día queda es realmente una caldera inundada.
Estos fenómenos vulcanológicos hacen de la isla un rincón de gran belleza, sorprendente por sus pueblos situados varios metros sobre el nivel del mar, que parece van a caerse por el precipicio (Therá, la capital, esta unida al puerto de Skala por un sorprendente funicular construido a finales del siglo XIX), y sus playas de arenas rojizas y negras. Esa espectacular belleza, junto con una animada vida nocturna, la han convertido en uno de los principales destinos turísticos de Europa. Sus construcciones tienen un aspecto oriental (posible reminiscencia de la ocupación turca), con casas blancas y marcos de ventanas y puertas en azul, como se pueden encontrar en las costas de Marruecos o Túnez.
Sin embargo, la desordenada actividad constructora hace que sea preferible, si se puede evitar, residir en los pueblos del interior y la costa más que en la capital. Akrotiri es el yacimiento arqueológico más importante de la isla, cuyos restos son los mejor conservados del Egeo y que contienen el secreto, junto con Creta, de la escritura griega. En Ía encontramos las iglesias y edificaciones civiles minimalistas, de colores blancos y azules, con los que tan fácilmente se identifica al país heleno, y Megalohori merece la pena por su cercanía a Therá y su hermoso carácter, concentrado en poco espacio. Las playas más importantes de Santorini son las de Kamári, Períssa, Kókini Paraliá (Playa Roja) y Karterados, estás dos últimas más tranquilas.

Les esperamos en estas maravillosas islas… Efjáristo!
 

miércoles, 7 de marzo de 2012

LA ESCAPADA: ATLÁNTICO DE CÁDIZ

LA ESCAPADA

ATLÁNTICO DE CÁDIZ
SURCANDO LA HUELLA DE LOS FENICIOS

CÓMO LLEGAR


A la provincia de Cádiz se llega por carretera desde Málaga vía Algeciras y el campo de Gibraltar por la AP-7; desde Sevilla a través del interior (Grazalema, Arcos) por la AP-4; y desde Huelva por la A-48 vía Chiclana. Será esta última autovía la que nos permitirá enlazar con los municipios del Cádiz atlántico, tales como Conil, Barbate, Zahara de los Atunes o la propia Chiclana.
RENFE realiza servicios entre Madrid, Sevilla y Córdoba con la provincia, permitiendo enlazar estas tres capitales, Ciudad Real y Puertollano con Jerez, Puerto de Santa María, San Fernando y Cádiz. Existe además la línea de cercanías Cádiz-Jerez, con un desdoblamiento hacia el aeropuerto jerezano.
La empresa Secorbus realiza trayectos entre Cádiz y Jerez con otros puntos de España en autobús. Asimismo, Los Amarillos y Comes prestan servicio interurbano entre las mismas y los pueblos de la fachada atlántica gaditana, pudiendo consultarse los horarios de servicio en la web de las mismas y en las de información turística.

Cádiz es un lugar que atrae a los sentidos, y en todos los sentidos. Lo hace por ser el lugar donde los antiguos fenicios, un pueblo comerciante y pacífico, fundaron, viniendo desde las lejanas Sidón, Tiro o Biblos, en la actual costa del Líbano, la colonia de Gades, el embrión de la actual capital, lo que nos da la idea de la historia milenaria de la ciudad. Atrae por la luz, la brisa, el color especial de un lugar donde se juntan la poesía de Alberti, la música de Falla, las canciones de Javier Ruibal, las comparsas y chirigotas de los carnavales, un sabor a Habana traída desde el otro lado del océano, el flamenco y los caballos de Jerez o la manzanilla y el encanto marinero del Puerto de Santa María, además de otros muchos rincones por donde perderse, y que van del mar y el viento de Tarifa a los cerros verdes de la sierra de Grazalema.
Podríamos, de esta manera, estar enumerando múltiples encantos de una provincia que se torna lugar mágico, hogar soñado de “catalanes finos” como Kiko Veneno o de mordaces madrileños como Javier Krahe, pero nos centraremos en uno en especial: su fachada atlántica, a veces salvaje, otras en vías de domesticación, y otras en advertido peligro del que se nos ha puesto sobre aviso antes de que, como en otros puntos geográficos de la península y los archipiélagos, sea demasiado tarde para que confundamos velocidad y tocino, progreso y regresión.
Zahara de los Atunes, Conil de la Frontera, Chiclana o Barbate representan un póker extraordinario de lugares que recorrer para dejarse atrapar por esa magia del Atlántico gaditano, tranquilo a veces, levantisco (nunca mejor dicho) otras, siempre atractivo y del que uno siente nostalgia al poco de irse, como si nunca fuera a saciarse de él. No podría estar completo este cuadro, no obstante, si nos olvidáramos de las playas de Bolonia, El Palmar o Caños de Meca. Echémosles un vistazo, aunque todo lo que aquí se diga no será bastante.

CONIL Y CAÑOS DE MECA
Conil conserva, aún hoy, lo que ha sido a lo largo de su historia, aunque su carácter predominante haya variado. De pueblo de pescadores ha pasado a ser destino de un turismo familiar que, por fortuna, no se encuentra excesivamente explotado por parte de las agencias de turismo masivo, lo que aún hoy hace encontrarse a gusto al visitante. Sin embargo, esa calma pasó por momentos de zozobra cuando, en el vecino y monumental municipio de Véjer de la Frontera, también muy recomendable de visitar, la fabulosa playa de El Palmar, que se extiende entre ambos, estuvo a punto de verse amenazada por un proyecto de construcción que hubiera dado al traste con la belleza paisajística y la riqueza en flora y fauna de la zona.
Caños de Meca, situado en las cercanías de Conil, es un rincón espectacular. Conservando aún un ambiente “new age” sesentero y un aspecto salvaje sobre el mar transparente, mantenido a salvo de depredaciones inmobiliarias, su encanto se ve aumentado por el poderoso acantilado de la Breña, barrera natural de separación entre Caños y Barbate. Una imponente mole de piedra natural de cien metros de altura sobre la que contemplar la espectacular puesta de sol que se observa desde este y otros rincones de Cádiz.
CHICLANA
El pueblo de los “animales con chaqueta y alpargatas”, cantado por los jerezanos Los Delinqüentes, tiene dos partes bien diferentes. Por un lado, el pueblo viejo, con lugares dignos para la visita y el tapeo de toda la vida, donde una caña y una ración se convierten en auténticas ambrosías tras una mañana o una tarde de playa, y por otra las modernas urbanizaciones de Sancti Petri y La Barrosa. Aunque esto haya hecho que se cree un círculo de “alto standing” en estos hoteles y apartamentos de veraneo, la playa de La Barrosa es un lugar cuidado y extenso al que no está de más acercarse para disfrutar de un baño, al tiempo que se hace lo propio con la propia ciudad.
BOLONIA
La playa de Bolonia es hoy día un rincón para el disfrute del naturismo y la arqueología, dos artes que no tienen por qué estar reñidas. Quizá el que la alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, haya declarado prohibido el ir en pelotas como contrario a las ordenanzas municipales haya dado un mayor impulso a este espléndido arenal donde se conservan los restos de una antigua villa romana, y a juzgar por su extensión, no demasiado pequeña. Como curiosidad, los amantes de la práctica nudista encontrarán la playa de Bolonia dentro del catálogo de los mejores lugares para su ejercicio. Por algo será.
ZAHARA DE LOS ATUNES
Zahara ha conseguido mantener también su frente marítimo a salvo de la construcción masiva, lo que la ha llevado a conservar su sabor marinero no sólo en el apellido, sino en conservar aún su carácter de pueblo de pescadores, su hermosa abertura al mar y su aire de pueblo tranquilo donde encontrar refugio e impulso para los rigores de la semana o del invierno. Campamento base del cantautor Javier Krahe y destino vacacional de una “gauche divine” que aspira a pasar desapercibida unos días, mezclándose con la gente sencilla del pueblo y sin montar espectáculos a lo “verano loco en Ibiza”.

El Atlántico de Cádiz, no obstante, es más extenso y podríamos seguir enumerando la búsqueda de las olas en Tarifa; la partida de los barcos desde los Puertos a donde se nos iba la Lola; en encanto de un cartucho de pescadito en la gaditana La Caleta… pero todas las palabras que digamos aquí no podrían sino poner más los dientes largos, así que no esperen más a que sigamos desvelando por ustedes las huellas de los fenicios y de Hércules. Véanlo con sus propios ojos. Les merecerá la pena.

sábado, 4 de febrero de 2012

PUNTA DE CALNEGRE

LA ESCAPADA
PUNTA DE CALNEGRE
UN RINCÓN VIRGEN EN LA COSTA CÁLIDA
CÓMO LLEGAR


En vehículo privado se puede acceder desde Cartagena tomando la salida 2 de la AP-7 (Autopista del Mediterráneo) y continuando por la carretera D-21 hasta Calnegre. Para ver formas de llegar mediante transporte colectivo, sería necesario consultar horarios de autobuses desde Cartagena, Lorca o Águilas, conectadas con las principales rutas de autobús y ferrocarril.

Sorprende positivamente que en una comunidad tan degrada como la murciana por la especulación urbanística y la construcción masiva de edificaciones turísticas queden rincones inexplorados por las anteriores como son la Punta de Calnegre y las calas de Bolnuevo, una ciudad encantada deliciosamente agradable para el visitante. Por fortuna para el viajero, entre Mazarrón y Águilas, en este antiguo reino musulmán de Tudmir podemos encontrar lugares donde se hace verdad el proverbio musulmán y es mejor permanecer callado para no romper la magia del silencio que es admirar estos lugares tan especiales.
Quizá sea por eso por lo que, callados ante tal belleza, la Punta de Calnegre pertenece a un parque natural de la región que afortunadamente lo ha puesto a salvo de posibles depredaciones efectuadas con el consentimiento, el silencio cómplice -mucho más penoso- o incluso la participación espuria de las administraciones públicas a los que tan dados son los próceres de las autonomías levantinas cuando se trata de crear riqueza destruyendo otra. Pero, ocupándonos propiamente del tema que nos ocupa, hay un encanto cierto en estas calas que quizá sea el impedimento mayor para que hayan entrado el hormigón y las grúas hasta aquí.
El azote del viento ha modelado formas imposibles como ha sido en el caso de Bolnuevo. Haciendo y deshaciendo a su antojo, tomándose en serio su papel de agente geológico, Bolnuevo es hoy un sitio magnífico para imaginarse en un planeta o en una civilización perdida e ir examinando, jugando con la mente, si realmente fue Eolo con su aliento o fueron pueblos antiguos los que levantaron aquellas extrañas y majestuosas formas en la piedra y sobre la arena de las placenteras calas. Obviamente, esto es sólo producto de nuestra imaginación, pero ¿quién no se permitiría el lujo de soñar en estos parajes?
Calnegre es África insertada lejos de su tierra madre. El acceso, complicado para los que tengan prisa (otra razón quizá por la que el turismo de masas no ha llegado hasta aquí), se consigue serpenteando a lo largo de la costa o por el interior, más rápido a través de un mar de invernaderos situado sobre un paisaje desértico y al mismo tiempo fascinante. El visitante tiene la sensación de estar lejos de la civilización, como si de pronto apareciera Charlton Heston lamentándose sobre la arena frente a una estatua de la Libertad de cartón piedra.
Sin ser, no obstante, para tanto, se extienden a la vera de un mar azulado y espejeante kilómetros de playas donde una nota de vida esta puesta en pequeñas casas de adobe y en palmeras que salpican, de vez en cuando, por entre las rocas negras de las lomas vecinas. Al sur, como epitafio y límite, la torre desnuda del cabo Cope, lamida por las olas, ya no espera a piratas berberiscos, sino que mira al mar y quizá sienta un amor dulce y tranquilo por este Mediterráneo que le acaricia y no arrastra los peligros de antaño. Quizá porque los piratas, ahora, procedan de tierra adentro.